Crónicas del nacimiento de Lucas

13 de Noviembre del 2016

Un domingo 13 de noviembre, a 1 día de entrar en la semana 41 de embarazo, y después de haber estado de comida familiar en Casa Nostra, donde nos comimos la respectiva hamburguesa cada uno, de parque con los sobris, donde Pablo decía "yupiii" o más bien "yopiii" mientras su tío Arturo le daba impulso para balancearse con más fuerza, y después de ver el super-lunón 🌙 que se avecinaba para el día siguiente, día 14, la luna más grande de los últimos 80 años nada más y nada menos, llegamos a casa y al ponernos la serie para terminar con el fin de semana empiezo con contracciones.

Ya las había tenido durante las últimas semanas, las llamadas de Braxton Hicks, esas en las que se te pone la tripa muy dura durante unos 30 segundos, no duelen y son una especie de ensayo en el que el cuerpo de la mujer se va preparando para el gran día. En cuanto descansas, cambias de posición o pasa poco tiempo desaparecen y se acaba el ensayo general.

A diferencia de estas, este domingo-noche empezaban para no parar hasta finalizar con el nacimiento de nuestro bebé. 

Al principio eran poco molestas, todo muy soportable, tanto como para seguir viendo la serie relajadamente en el sofá de casa. Escribo a Amanda, nuestra matrona, informándole de que: "Llevo 1 hora con contracciones cada 5 minutos un poco molestas (me vienen como dolores de regla), te vamos diciendo si siguen o si paran...".

Decidimos acostarnos, y aquí ya empezó la aventura de intentar dormir. Rafa lo consiguió rápidamente, pero yo seguía con las contracciones cada 5-7 minutos sin cesar, ¡ya no había tregua! Así que volví al salón, vi otro capítulo de la serie, luego otro, cronometraba contracciones, miraba por la ventana, respiraba hondo, tosía (el resfriado fue también otro testigo que no quiso perderse estos momentos, así que me tiré todo el parto con kleenex y miel a mano, por si no había suficiente dosis de aventura ya de por sí...).

A eso de las 5 de la mañana empecé a dormirme a ratitos, al menos cerraba los ojos entre contracción y contracción y descansaba lo que podía. Volví a escribir a Amanda con otro breve parte informativo: "Sigo con contracciones, pero son soportables... me siguen pareciendo como dolores de regla. Rafa está dormido, yo entre esto y la tos estoy medio despierta todo el rato".

A las 8 Rafa se despierta y me pregunta cómo estoy, le digo que vaya si quiere a trabajar y que yo le aviso en un rato, pretendo seguir tumbada en la cama intentando dormir (o descansar, al menos).

A las 10 me levanto y escribo a Aitana, le comento la situación y viene a casa a las 11h para ver cómo está la cosa y hacerme compañía. Viene con Mateo, ya que Pablito está en la guardería y así podemos estar más tranquilas. Cuando ella llega yo estoy en el sofá del salón, tumbada de lado, con una manta y la persiana bajada. Ahora es ella quien, con mi móvil, escribe a Amanda: "Desde anoche no han parado. Le vienen cada poquito y ya gime y cierra los ojitos. Cuando se le pasa está bien y habla, pero está tumbada y ojos cerrados.No sé cuánto duran, no mucho, pero son continuas. Yo la veo de parto, sobre todo el estado de ánimo. Las describe como un volcán que viene y va".

Efectivamente, a estas alturas yo notaba como un volcán por la parte baja de la barriga, a la vez que un cierto dolor en la espalda baja, como si algo estuviera tratando de abrirse o expandirse para abrir paso... cada vez que tenía una contracción, Aitana al mismo tiempo que duraba me daba un masaje en la zona más baja de la espalda que me daba bastante alivio -sería la mezcla del masaje y del apoyo incondicional y constante que me decía "tranquila, todo va bien y estamos contigo. ¡Esto que sientes es todo bueno!".

A las 13h viene Rafa a casa y junto con Aitana siguen dándome ánimos, apoyo y compañía -a la vez que se turnan para darme masajes durante las contracciones, me traen algo de comer o de beber, ponen música bajita relajante, encienden unas velas y comen algo ellos también. Es 14 de noviembre, el día de la Gran Luna 🌙 (aunque Lucas aún se haría de rogar...).

A eso de las 17h aparece Amanda con su tranquilidad y saber estar innatos y nos observa primero. Supongo que son años de experiencia, pero a posteriori me resulta asombroso y fascinante su trabajo, como hacen de observadoras y acompañantes por un lado en casas ajenas, se involucran activamente si la necesidad lo requiere, toman el mando si el resto perdemos la calma o hacen de meras espectadoras si es lo oportuno. 
La cuestión es que ella primero evalúa la situación, nos observa, luego charla un poco con Rafa y Aitana, para finalmente acercarse a mí en el sofá y decirme que cómo me encuentro; escuchamos el latido de Lucas, me toca la tripa para ver cómo sigue colocado y finalmente me hace un tacto vaginal para ver la dilatación y estado del parto (aunque tengo la sospecha de que ella sabe más o menos cómo está la cosa tan solo con mirarnos). 
La situación es que no he borrado el cuello del útero, es decir, llevamos 18 horas de desgaste (digo llevamos Lucas y yo; ¡aunque Rafa y Aitana a estas horas también llevan lo suyo!) y tan solo han sido los famosos pródromos, vamos los preparativos del gran festín, pero sin haber empezado con la juerga. Alentador...

Amanda se va a su casa diciéndonos que descansemos todo lo que podamos, que la cosa va bien pero lenta.

Seguimos así hasta la "hora de dormir", un poco más de música, de dolores, de velas, de masajes, de quemazones que van y vienen, de una embarazada empezando con un parto lento y de 2 cuñados pidiendo comida china para cenar. En todo este tiempo a mí no se me quita el hambre para nada, como lo mismo que comen ellos pero entre contracción y contracción.
Rafa me lleva a darme una ducha calentita para aliviar el dolor y relajar cuerpo y mente en la medida de lo posible.

A las 12 de la noche intentamos dormir, Aitana, Mateo y Pablo caen, como es lógico, rendidos, yo en cambio miro por la ventana, hago respiraciones y sigo con el desgaste del volcán en llamas. Pasadas 2 horas empiezo a desfallecer de sueño, de cansancio, de energía y de ánimos, y despierto a Rafa llorando mientras le digo: "no puedo más, no sé si voy a poder aguantar, esto es muy largo y no soy tan fuerte...".
Rafa se despierta rápidamente e intenta animarme, mientras me abraza y me sostiene me dice que igual es bueno darme un baño de agua caliente. Habíamos leído en una de estas tardes informándonos sobre partos naturales, que el agua calentita de una bañera es un buen analgésico natural y tiene buen resultado para muchas mujeres durante el parto". Así que le digo que vale, mientras me dejo llevar por él hasta el baño (las piernas a partir de estos momentos me tiemblan de manera constante y me recuerdan que las fuerzas se me van yendo a medida que pasan las horas) donde ha puesto velas, música y una toalla para apoyar la cabeza y así poder intentar relajarme y medio dormirme para conseguir que descansara un poco mientras estaba en el agua y conseguir que pasara el tiempo. 

Lo cierto es que me relajo los primeros minutos, pero enseguida me entra sensación de agobio y quiero salir... parece que nada me calma. 
Volvemos a la habitación y intento pasar las siguientes contracciones tumbada en la cama con Rafa abrazado a mi (a estas alturas no consigo estar bien tumbada), otras levantada apoyada en la pelota de Pilates, otras a cuatro patas, otras andando y apoyándome en donde pillaba... pero nada me alivia, ni me contiene ni me da energía... cada vez estoy más cansada, y con menos energía mental y física... estoy al límite... 

Rafa empieza a perder la energía también y decidimos llamar a Amanda para retransmitirle la situación. Aitana se ha despertado también y participa de la fiesta que parece no llegar a su fin. 
Amanda nos recomienda otro baño caliente, otras posturas y muchas dosis de paciencia; sin embargo a las 5 de la mañana Rafa le llama y le pide por favor que venga a casa, la situación se nos está yendo de las manos, y la energía empieza a brillar por su ausencia. Yo lloro en varias contracciones diciéndoles a Rafa y Aitana que no voy a aguantar, que no tengo fuerzas y que por favor me lleven al hospital y me pongan la epidural (sin embargo todos tenían muy bien ensayado los papeles que había que llevar a cabo, así que deciden aguantar y darme un poco más de energía -la poca que les debía de quedar a ellos ya a estas alturas, y decirme que Amanda estaba llegando y que solo tenía que aguantar un poquito más, "que lo estaba haciendo muy bien y que claro que era fuerte y iba a poder con ello; que nuestro bebé estaba a punto de llegar".

Amanda aparece y se camufla enseguida como uno más en la madrugada del 15 de Noviembre en la habitación de nuestra casa. Me masajea los pies en las contracciones, me observa y en un momento de descanso escuchamos de nuevo el latido del bebé y me toca la tripa. Me dice que todo está bien, que Lucas está bien, y que solo hay que seguir avanzando en las horas (lo de las horas a estas alturas a mi me parece una broma imposible de llevar a cabo). Por otro lado le digo que no sé si quiero que me haga un tacto vaginal, si a estas alturas me dice que no he dilatado nada, desespero (y ella creo que opina lo mismo, porque no sería hasta las 8h cuando comprobaríamos el estado de la dilatación). 

En este escenario, Amanda, Rafa y Aitana se van un momento al salón y algo hablan de manera que cuando vuelven parecen cargados de energía y dispuestos a ir transmitiéndomela de manera constante hasta el momento del nacimiento de nuestro hijo. Especialmente Rafa, quien me sostiene física y emocionalmente en todas y cada una de las contracciones que quedan por venir, y digo físicamente porque empiezo a pasarlas todas de pie (ya no soporto estar sentada, ni tumbada, ni en la bañera... sólo de pie, con el consiguiente temblor de piernas asociado que sigue acompañándome hasta el final). 

Y así, Rafa rodeándome con sus brazos, Amanda observándonos y Aitana trayendo vasitos de agua y apoyando desde su posición, las contracciones empiezan a intensificarse tanto en ritmo como en intensidad. Y es así de bonito, como a la vez que me devuelven la energía perdida, el parto va alcanzando su máximo esplendor, la dilatación se empieza a producir y a un paso muy rápido y vertiginoso Lucas se va abriendo paso. Yo sigo perdiendo la energía en muchos momentos para qué mentir, el dolor aumenta tanto que creo desfallecer, y mi cuerpo cada vez está más cansado... pero a la vez Aitana me dice una gran verdad: "esto que sientes ahora es Lucas llegando, aguanta que es todo bueno y sé que puedes hacerlo, ¡claro que puedes!". 

Y así es, como a las 8 de la mañana Amanda decide hacerme finalmente el tacto vaginal mientras me dice: "estás dilatada completa, ¡nos vamos al hospital!". Esa frase no se me olvidará nunca, ¡lo habíamos conseguido!

Cogen todas las cosas y vamos en nuestro coche mientras Amanda nos sigue en el suyo (Rafa conduce, Aitana y Mateo van detrás y yo voy en el asiento del copiloto. Amanda me había dicho que fuera delante sentada normal, y que si no soportaba la posición en las contracciones me pasara detrás y me pusiera a cuatro patas; cosa que no hice porque aguanté y porque detrás iban Mateo y Aitana y iba a ser algo complicado! También me dijo que si me entraban ganas de empujar, que esperara -aunque llevábamos toallas en el coche por si las moscas). 

Rafa nos deja en la puerta de Urgencias a Mateo, Aitana y a mi (misma cosa que hicimos el 11 de Mayo pasado en Canadá pero esa vez con Aitana de parto en lugar de conmigo y con Carlos de conductor en lugar de Rafa -y con un Lucas muy bebecito en mi tripa en lugar de Mateo ya con sus 6 meses de vida... ¡qué bonito, los primos quedarían unidos de por vida!). 

Enseguida nos dan la habitación donde haremos el expulsivo y pasamos Amanda, Rafa y yo, a Aitana no le dejan pasar y se queda en la sala de espera deseándonos suerte.

A partir de aquí, la sensación de desfallecimiento y de no poder terminar con lo empezado desaparecen, se que en poco tiempo tendré a mi bebé en brazos, y ese sentimiento ya es más poderoso que cualquier otro.

En el paritorio del hospital de Torrejón, único en partos respetados, presentamos nuestro Plan de Parto (una simple hoja en la que Rafa y yo habíamos redactado la manera en la que queríamos que nuestro hijo viniera al mundo (que por cierto, cualquier hospital español tiene la obligación de coger y seguir por ley, y que desgraciadamente no es así en muchos hospitales de la Comunidad de Madrid), básicamente en el nuestro decíamos que queríamos un parto natural, sin intervenciones médicas si no resultaba necesario (sin epidural, sin oxitocina sintética,  sin episotomía...) y con una matrona en el momento del parto y no un ginecologo (a no ser obviamente que la situación lo requiriera).

Y no se trata de ir de modernos, pero cada mujer y cada pareja deberían poder elegir cómo quieren traer al mundo a su hijo. Y deberían poder elegir con conocimiento de causa; resulta que en un país como España se administra epidural en el parto a la gran mayoría de las mujeres (no es el caso en otros países vecinos como puede ser Inglaterra), y nadie habla e informa de los efectos secundarios, de cómo incrementa las posibilidades de un parto intervenido, de cómo puede estresar al bebé en su llegada al mundo o de cómo deja en un segundo plano los instintos más básicos de la mujer en un acto fisiológico como el parto.

Y no puedo no nombrar esto mientras escribo, pero parte de los cursillos pre-parto a los que asistimos nos "enseñaban" cómo empujar... y esto ya es irónico, una mujer en un parto natural no tiene que haber practicado los pujos (ahora puedo decir con conocimiento de causa lo que sospechaba), pues es algo totalmente instintivo y fisiológico que todas y cada una de nosotras sabemos hacer, ahora bien, si estamos en nuestras plenas capacidades y no dormidas (estando con parte del cuerpo dormido sí resulta necesario que te indiquen cuando empujar, y hasta cómo...).  

El caso es que en Torrejón nos ofrecen nada más llegar la bañera, por si quería dar a luz en el agua, sin embargo no me siento muy acuática y declinó esa opción (quizá llevaba ya demasiados baños en casa...). Como alternativas tenemos colchoneta, pelota de Pilates y la silla de partos. Pruebo un poco todo pero decido intentarlo de pie apoyada en Rafa, tal y como habíamos pasado la última parte de la dilatación. Sin embargo las piernas me tiemblan demasiado y me dejo caer casi sin esfuerzo (apoyada en Rafa una vez más) en la silla de partos (es como una silla baja de madera, sin respaldo ni apoya brazos, con la forma de un retrete, de modo que el bebé cae ayudado con el efecto de la gravedad).

En esta última parte, el expulsivo, van cambiando mis sensaciones. Nos ofrecen un espejo por si queremos ver este inolvidable momento, a lo cual accedemos. Rafa está abrazándome por detrás con su manos rodeándome la tripa y sintiendo perfectamente los movimientos de Lucas, de tal forma que cada vez que el bebé se mueve él me dice: "ahora, ¡empuja!". Y así, trabajando todos en equipo, en nuestras plenas capacidades (aunque cansados y ayudados por la oxitocina natural que produce mi cuerpo) se produce el momento más mágico de nuestras vidas, y vemos cómo va apareciendo la cabecita de nuestro hijo para salir después su cuerpo.

Nada más salir me lo pone la matrona encima mío piel con piel y lloramos de alegría. Él viene al mundo sin llorar (falso mito el de que los bebés tienen que nacer llorando; nacen llorando cuando nacen estresados), y enseguida abre bien sus ojitos y nos mira cómo diciendo: "¡ya estoy aquí!".

Hasta aquí las crónicas del nacimiento de nuestro bebe. Parto largo, duro, precioso y mágico a la vez.

Nunca podré olvidar estos momentos que me han transformado para siempre como persona, ahora en madre. 

Y nunca olvidaré ni estaré suficientemente agradecida por la ayuda y el apoyo de mi matrona, Amanda, por ayudarme al presentarme en su consulta en la semana 36 de embarazo cuando parecía que no era posible dar a luz de una manera menos hospitalaria y medicalizada, y más humana.

A Aitana, por estar siempre ahí aunque haya sido muchas veces a través de FaceTime y por apoyarme y darme tanta energía. Tu ahijado y tú tenéis una unión inseparable y él es tan afortunado de tenerte!

Y a Rafa, porque no lo puedo expresar con palabras... sin ti nada hubiera sido posible.

 

 

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